El Amor es como un río

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“El amor es como un rio, necesita un cauce”. No vale todo.

 

Acerca de esto se reflexionaba hace unas semanas en uno de los congresos online de educación al que asistimos (gracias a la generosidad de grandes profesionales que comparten sus saberes). Desde ahí puedo compartiros que como psicoterapeuta es fundamental que las personas entendamos esto. Y no solo desde lo que pidamos a otrxs, de “cómo queremos que nos quieran”, sino sobre todo y primero, cómo querernos a nosotros y nosotras mismas. Y eso se aprende desde pequeños con la experiencia, con lo que vivimos y nos devuelve el mundo y las personas adultas que nos rodean.

El valor propio, de nuestros talentos y todas nuestras emociones – sean estas más o menos cómodas o aceptadas socialmente); el reconocimiento y respeto hacia el instinto, deseos y elecciones propias; la escucha de una misma sin culpa, con indulgencia y mirada abierta a probar y crecer, incluyendo el equivocarse.

Y todo esto, cuanto más se experimente desde el inicio de la vida, más se acostumbrará nuestro cuerpo a ello y lo normalizará. Aquello que repetimos más veces, sobre todo en los primeros años de vida, se grabará como un camino neuronal más fuerte, más sólido y serán aquellas conductas hacia las que tendamos por inercia o rutina con mayor facilidad. Si desde peques nos dicen que algo está mal y que solo hay una manera de realizar una tarea, con el tiempo fijaremos eso como modo automático. Si es hablar a gritos, igual. Si es curiosear, aprender, equivocarse y seguir curioseando o investigando desde la calma, eso será lo que se grabe. Si es llorar o enfadarse y que alguien me abraza y me escucha, aprenderé a aceptar mi llanto y mi dolor.

El poder brindar espacios de crecimiento a nuestros peques desde la calma y aceptación, abriendo el campo a ese llamado “error”, a la prueba, a las alternativas infinitas, … nos resulta la clave para la salud mental. En casa, en la escuela, en los espacios de ocio. Sin juicios ni reproches, permitiendo el desarrollo natural, adaptando los espacios a lxs peques (y a mayores, adultos, diversidades humanas…) para evitar daños físicos  y manteniéndose en el acompañamiento cercano, que está cuando se necesita y cuando no, permite espacio a la autonomía, al juego libre, las elecciones y experimentaciones.

Los y las peques pueden entender por sí solos y solas muchas consecuencias de sus acciones y, en el campo del aprendizaje, se van autocorrigiendo y autocomprobando si lo quieren así y usamos pedagogías que lo permiten. Es jugando como mejor aprendemos, esto se ha comprobado en multitud de investigaciones en neuropsicología. Si hay momentos de bloqueo o frustración, podemos acercarnos a ofrecer apoyo para desatascar y que siga el flujo natural, sin apresurar, con tiempo.

 

Como ese río del que hablábamos. Que la educación, que es parte gigante del amor que transmitimos a nuestros hijos e hijas y personas, ayude en ese cauce: que permita descansos, paradas, estanques, afluentes, diversos arroyos, corrientes, cascadas. Y rápidos, zonas sombrías, con piedras, con más o menos vida y ruido, zonas silenciosas, … sin olvidarnos que todo va al mar común del que todos y todas participamos,  en este hermoso ciclo de vida que tanto podemos cuidar, enriquecer y amar.

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